YuMAjAi

Una idea de negocio transgresora.

 

Si crear una empresa tradicional es tan difícil en un país como Colombia, imaginen constituir una que no sólo piense en generar utilidades y dividendos, sino que se preocupe por el bienestar de cada eslabón que compone la cadena productiva, el medio ambiente y en la recuperación de la cultura ancestral del país en donde se produce.

Ese es el reto al que se enfrentan Talya Weinberg, una actriz caleña que se fue a Israel desde los 18 años y Dror Noy, un israelí que ha trabajado por el mundo con comunidades indígenas, con ONG´s y con empresas de desarrollo y de emprendimiento sostenible.

Cuando el ser empresaria en Colombia no se le pasaba ni por lo mente, en uno de sus viajes al país Talya llega a Cali y descubre una realidad dolorosa: miembros de las tribus indígenas son desplazados de sus tierras y ahora mendigan dinero en los andenes de la ciudad. Con el fin de mitigar un poco la situación económica por la que atraviesan; se le ocurre comprar un lote de productos elaborados por estos artesanos. Si ella logra vender con éxito las piezas en Israel, podrá crear un canal de comercialización que garantice, en el corto plazo, una entrada de dinero para estas personas desplazadas.

Justo cuando arriba a Israel es cuando conoce a Dror. Este queda maravillado con el trabajo artesanal y la historia que poseen las piezas. Le habla a Talya de su experiencia en India, en Nepal; de su formación en Ámsterdam y cómo dos años atrás, luego de recibir un mensaje del destino, registró un dominio con el objetivo de crear una plataforma que comercializara productos como los que ella traía por primera vez desde Colombia.

El clic fue instantáneo y no sólo comenzaron una idea de negocio que hoy se llama YuMAjAi, sino que se unieron también como pareja.

Luego de unos meses, ambos se dieron cuenta de que lo que hacían no estaba creando un gran impacto en la vida de los indígenas a los cuales les compraban sus artesanías. Si bien era cierto que los artesanos estaban recibiendo un dinero, este era esporádico, cada que ellos podían viajar a Cali o cuando alguien desde ahí cargaba con el producto hasta Israel. Se cuestionan entonces qué pasa durante los otros meses que no pueden hacer negocios con ellos, pues era evidente que muchos de estos indígenas estaban aún vendiendo en los andenes o pidiendo limosna.

Es así como deciden dejarlo todo y viajar a la capital del Valle del Cauca, radicarse en la ciudad y establecer ahí la central de operaciones de la marca. Comienzan estructurando una idea de negocio en la que todas las partes ganen (win, win, win): el artesano, el diseñador, los emprendedores, el cliente y el medio ambiente.

La idea es co-crear piezas inspiradas en la cultura Embera Chami, fusionadas con la visión vanguardista de diseñadores jóvenes; para que estas sean comercializadas a través de una tienda virtual: www.yumajai.com.

Cada joya que YuMAjAi vende, equivale a 1 hora de entrenamiento para un grupo de 3 a 15 artesanos. Pero ojo: YuMAjAi le paga a cada artesano por las piezas, garantizando así que este reciba una utilidad producto del desarrollo de una actividad económica tradicional.  (Utilidad = Precio de venta – costos de producción y todo lo que ello involucre).

Las capacitaciones son entonces el aporte de esta empresa a la comunidad indígena colombiana y esto sale de un porcentaje de la utilidad, pues el resto de la misma, es para el funcionamiento y crecimiento de la empresa. YuMAjAi no es una fundación, es una organización legalmente constituida con fines de lucro.

Talya y Dror hacen una convocatoria en la que se seleccionan a dos diseñadoras egresadas de la facultad de diseño de vestuario de la Universidad de San Buenaventura Cali. Las reúnen con los integrantes de la primera familia con la que la empresa se funda y juntos desarrollan una colección que actualmente se comercializa en 7 ciudades del mundo, incluyendo Cali, donde poseen una exhibición física en El Patio del Museo, un café- restaurante ubicado en el museo La Tertulia.

 

Pero como lo aseveramos desde el comienzo, crear este tipo de empresas no es fácil. Y la razón es que los bienes producidos por una empresa Slow Fashion son más costosos que los de la competencia, pues estos no se producen en masa. Sacar y sacar productos en grandes cantidades, sólo llena el bolsillo del productor y le deja un fuerte problema de sostenibilidad al planeta.

Además, se le paga un precio justo al productor. Así mismo, poseen responsabilidad social, que en palabras de Lillyana Mejía, es ir más allá de lo que exige la ley. Estas empresas velan por que los empleados tengan mejor cálida de vida, y sólo hay dos formas para que ellos logren esto: asumiendo la inversión de su bolsillo o destinando una parte de las utilidades para este objetivo.

Y finalmente, porque esta es una empresa, vuelvo y reitero, con el objetivo de generar dinero. Una compañía que, como todas, posee gastos, inversiones, capital, pasivos, activos y unas bocas que alimentar.

Ahora la respuesta a la pregunta que siempre hacen: ¿por qué adoptar un modelo que no produce tanto dinero como los de Fast Fashion?

Porque esta nueva generación de emprendedores no está pensando en querer ser las personas más ricas del mundo. Ellos quieren hacer algo más grande que ellos mismos, dejar un legado y trabajar por un mundo mejor para todos, no sólo para los ricos.

Dror explica muy bien esta decisión: “es como si el cigarrillo fuera la industria del Fast fashion. En la adolescencia es cool y te hace sentir interesante. Pero llegas a una edad en que te das cuenta que fumar te va a matar. Y si eres inteligente lo primero que haces es dejar de hacerlo”.

Para muchos puede sonar poético, patético o utópico. Para GOIA, esto suena ético y los invito a que conozcan más de esta empresa colombo-israelí entrando a www.yumajai.com

Por: Raúl Quinayás

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